Navidad: un tiempo para todo

20 Dec 2015

 

 

Sí, creo que todos en mayor o menor medida ya nos hemos dado cuenta de que las fiestas navideñas están a la vuelta de la esquina. Durante las mismas salimos del amparo de nuestras rutinas y nos vemos inmersos en un movimiento consumista que muchas veces no nos resulta ni divertido ni mucho menos reconfortante, sino todo lo contrario.

 

Siguiendo la forma tradicional, puede resultar entretenido, o no, ver cómo las familias se ponen de acuerdo en el reparto de los días y la organización de las reuniones para las comilonas.  Más tarde podemos decir: “¡Qué ganas tenía de que se acabara!”, pero nuestra conciencia de los demás, nuestra consideración hacia ellos, nos dan la fuerza suficiente para no dejar de hacerlo. Sin embargo, también es legítima la idea de sentir esta época  de una manera estresante y difícil de manejar en lugar de sentirnos felizmente emocionados.

 

Pueden existir muchas razones para esto, como la saturación de las compras, el consumo de cientos y cientos de productos o los desánimos para entregarnos a ciertos excesos (demasiada comida, bebidas, dulces, etc.). O tal vez es que nosotros vemos otras prioridades que nos gustaría compartir con los demás, pero existen aspectos de la comunicación que han sido descuidados y las relaciones con algunos familiares son conflictivas. O quizás estamos atravesando un proceso de duelo. Muy a menudo podemos sentir que no tenemos el control sobre estas cosas.

 

Así, puede resultarnos un momento extraño, paradójico, en el que nuestro estado de ánimo se debata entre dos polaridades: felicidad y desencanto o bueno y malo. Pero sea cual sea la situación nos corresponde a nosotros, en cada momento, elegir nuestras reacciones… 

 

 

Ir más allá del pasado

Un buen recurso puede ser huir del autoengaño o la creencia de que los acontecimientos de nuestra infancia van a determinar irremediablemente nuestro comportamiento y estado de ánimo actual. Aunque nuestro cerebro procese y clasifique velozmente acontecimientos en patrones conocidos y familiares (podemos experimentar alegría, pena, angustia…) creados a lo largo de nuestra vida, estos no son camisas de fuerza. Podemos seguir haciendo uso de nuestro libre albedrío y prepararnos para ello ejercitando nuestra autonomía y asumiendo responsabilidad.

 

Pero como ilustra McClelland con la metáfora del iceberg, cada decisión consiste en una pequeña parte de racionalidad y una gran parte de emoción. “El vértice del iceberg es una novena parte de racionalidad y sumergidas bajo el agua encontramos las ocho novenas partes de emoción”.

 

¿Por qué cada momento crítico en la vida de un adulto o un niño está tan visiblemente teñido por las emociones? — Lev Vygotsky

 

Para muchas personas estas fechas suponen sumergirse en una piscina de felicidad. Pero para muchas otras la entrada a la zona de la tristeza, la nostalgia o la pena. Hay mucho que hacer. Hay una gran diferencia entre ser capaz de reconocer, nombrar y entender las propias emociones y lograr hacerlo con las de los demás. Ser capaz de expresarlas es aún más difícil. Algunas personas se han perdido en este laberinto. Sergio, indiferente, hace un apetitoso pavo y a Mónica, nostálgica, le apetecen los turrones de lágrimas. Incluso Carlitos queda totalmente absorto ante la melodía de los villancicos. Suena maravilloso, por supuesto… hasta para un niño que ha perdido su hogar.

 

Es navidad y el mayor regalo que podemos hacer a los demás y a nosotros mismos es la comunicación de los sentimientos. Esto, para la mayoría de las personas, puede ser tranquilizador y sentirlo como un alivio, una liberación. Aparte de que se puede poner en marcha un proceso en el que reciban apoyo. Es una cuestión de reciprocidad.

 

 

Si no sabemos seguro lo que está pasando en el interior, ¿cómo podemos ayudar a Sergio? o ¿cuándo se puede ayudar a Mónica? No solo cuando se les vea bien. Intuyo que las personas en esta época podemos hablar más fácilmente de los sentimientos positivos. Por supuesto que todos somos conscientes de los negativos. Pero estos, en los objetivos de la comunicación y en lo que respecta a la navidad, quedan lejos de ser abiertos y claros.

 

 

Es obvio, nos encontramos mucho más incómodos hablando del disgusto, de la pena o de la rabia que cuando lo hacemos de la alegría. El hecho de expresar nuestra alegría también lleva implícito el deseo de que los demás la compartan. Sin embargo, también es algo natural, forma parte de nuestra vida, la expresión de los sentimientos como la tristeza o el miedo. Por algo estamos dotados de un repertorio universal de mil expresiones faciales.

 

Esta es nuestra propuesta, el objetivo de esta publicación: ofrecer algunas pistas para encontrar ese equilibrio en la comunicación realista que, a menudo, se encuentra entre grandes momentos de alegría, pero también de tristeza. Todos los sentimientos se comunican a través de las distintas expresiones faciales, así como por muchas palabras con matices de significado particular. Precisamente cuando no podemos comunicar lo que realmente nos sucede, el malestar se incrementa. Sin olvidar que con ello estamos haciendo uso de esa parte de la comunicación superflua e inútil que no nos ayuda a nosotros ni a los demás en el desafío de experimentar que la navidad también puede ser un tiempo para todo.   

 

Para acabar os dejo esta poesía como inspiración. ¡Disfruten de estos días, compartan con las personas que les apetezca y si tienen agua detrás de los ojos, conviértanla en lluvia! 

 

 

Háblame

 

Comprendo el lenguaje de tu cuerpo.
El verbo de tus dedos.
Los sustantivos de tu mirada.
Pero háblame esta noche.

Disfrázame en capitales.
Hazme minúscula en la canción.
Ensarta tus letras como abalorios.
Adorna mi pecho con palabras.

Lengüetea tus vocales en mi pecho.
Cosquillea mi cerebro con consonantes.
Enfría tu calor en sílabas.
Grita mi nombre esta noche.

 

Joyce Ashuntantang

Traducción de León Blanco

 Fuente: http://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Revista/ultimas_ediciones/91-92/ashuntantang.html

 

 

 

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